No te cuento

Jugamos a contar historias

Atrapada

Por aquellos días, yo vivía en Valle Escondido, era una zona residencial por Cayma, hacia un año que me había divorciado, mi matrimonio duró solo 2 años, no tuvimos hijos. Tal vez fue lo mejor, él y yo empezamos a tener muchas discusiones hasta que todo terminó. Vivía sola, a mis 27 años estaba empezando una Maestría en Negocios Internacionales a distancia en una Universidad de España, a la vez trabajaba en Aceros Arequipa.

Mientras cursaba mi maestría, entró como practicante a la empresa una muchacha de 20 años, que estudiaba Ingeniería Industrial. Su nombre era Lia, en poco tiempo nos hicimos amigas, me comentó sobre su universidad y los requisitos que tenía que cumplir para poder bachillerarse, al parecer su alma máter  era demasiado exigente.

Me habló sobre unos talleres que estaban obligados a llevar. A ella poco le gustaba la idea de ir a “perder su tiempo” en alguna de esas actividades, que a mi realmente me parecían muy provechosas e interesantes. Ella me preguntó si yo había pasado por eso en mi época de estudiante, le respondí que lamentablemente no, pero que me hubiera encantado tener un taller de redacción, porque en la maestría estaba sufriendo para redactar artículos.

Le pregunté si podían ir invitados a esos talleres, ella me prometió que averiguaría y así lo hizo, hasta consiguió un pase para que pudiera asistir al taller de creación de cuentos. Sin embargo, yo estaba algo temerosa, nunca intenté escribir algo fantasioso o interesante, no sabía si era creativa.

Era lunes, recuerdo que esa tarde Lia me recalcó que el taller comenzaba a las 6pm, me indicó el número del salón, así que salí presurosa de la oficina, no podía llegar tarde a mi primer día de taller. Abrí el auto, arranqué y a los pocos metros se apareció un camión invadiendo mi carril con una luz intensa, intenté esquivarlo, por unos segundos cerré los ojos aquella luz me cegó por completo.

Al abrirlos me encontraba en un lugar desconocido cuyas ventanas eran grandes, los tableros de dibujo no estaban muy bien distribuídos, las sillas eran negras sin espaldar, las paredes eran blancas y lo más extraño de todo es que no tenía puerta o por lo menos yo no la veía. Me preguntaba a cada instante ¿En dónde estoy?¿cómo llegué aquí?¿sigo viva?¿y el camión?¿ya es de día?¿a quién se le ocurrió hacer una sala sin puerta?. ¡Esto no es posible!  me dije.

Estaba algo confundida, no tenía mi bolso, ni mi celular, mi pantalón estaba rasgado, mis manos con algunas heridas y mi reloj no funcionaba. Por los elementos que tenía aquel lugar, sabía que era una sala de dibujo, algunos tableros tenían “migas” de borrador y pedazos de minas, pero me pregunté ¿cómo entran aquí?. Recorrí un poco el lugar para buscar una salida, me asomé a una de las ventanas para ver mi reflejo, pero no conseguí verlo, aquellas ventanas tenían un brillo especial que no permitía ver ningún reflejo, nunca antes había visto unas de ese tipo.

Decidí sacar la cabeza por la ventana, al parecer estaba en el último piso de un edificio rodeado por un riachuelo y a lo lejos se veía un campo florido, pero lamentablemente no reconocía los alrededores y me hacía muchas preguntas a las cuáles no podía responder. Lo primero que se me ocurrió hacer fue gritar, pero me llevé una sorpresa no tenía voz, comencé a llorar pero no tenía lágrimas, no tenía pulso, mi corazón no palpitaba. Entonces me pregunté ¿Qué sucede?¿dónde estoy?¿qué soy?¿estoy soñando?. Tenía que encontrar una salida de todas maneras,  intenté salir por la ventana pero me arrepentí a los pocos minutos, porque si aún estaba viva con una caída desde ese altura podría morir; si era un sueño ¿por qué no despertaba? …

Intenté tranquilizarme para poder pensar en las posibles cosas que podría hacer, tomé asiento y apoyé mis brazos en el tablero que tenía al frente. Me asombré al ver que estas plataformas de dibujo eran una suerte de espejo  y por cierto conseguí observar que tenía algunos hematomas en la frente. Este lugar me perturbaba cada segundo, es que acaso los tableros de dibujo eran usados como espejos ó los espejos eran usados como tableros de dibujo, no tenía como saberlo.

Comencé a deslizar un pedazo de mina por el tablero, conforme lo hacia la textura de esa área cambiaba, algunas imágenes de mi pasado aparecían como un holograma en miniatura, así que decidí hacer algunas líneas aleatoriamente, quería comprobar que no eran alucinaciones causadas por la desesperación de querer encontrar alguna salida. Aquellos recuerdos aparecían entrelazados, dependiendo de la forma de las líneas.

Eso me dió una idea, recolectar algunos pedazos de minas para hacer dibujos en las paredes y ventanas, algo tendría que ocurrir. En esos momentos, sentía que estaba enloqueciendo, no me podía quedar de brazos cruzados esperando que alguien llegara volando a rescatarme, pero las ideas que venían a mi cabeza eran ilógicas. A estas alturas ya no estaba segura de lo que era lógico.

Lo primero que dibujé en la pared fue una puerta, pero lo único que apareció se asemejaba a una enredadera, pero era real la podía tocar. Entonces, tracé algunas formas dentro de ella, tenía la ilusión de que hubiera alguna salida por ese lado, pero lo único que variaba era el color. Aquellos dibujos estaban pintados de color beige, me senté en el piso casi sin esperanzas de poder salir y en eso ví entre la enredadera algo que emitía un brillo, era una manija de puerta!.

Me emocioné demasiado, rápidamente abrí la puerta, me conducía a un pasillo muy bien iluminado; no me quedaba de otra que seguir por ese camino si quería salir de ese lugar, al finalizar encontré otra puerta, tomé coraje ya había caminado bastante como para ponerme a pensar en si la abría o no.

Al abrirla me llevé con una sorpresa, estaba yo ahí con los ojos cerrados conectada a muchos aparatos, Lia estaba durmiendo en una silla a mi costado. En pocos minutos pude comprender lo que me había ocurrido, aquel accidente me dejó inconsciente… al parecer mi cuerpo esperaba por mi espíritu y así fue que  abrí los ojos después de varios días.

La última lágrima

El ciclo se había completado. Fue en el mismo parque donde nos besamos por primera vez. Luana me había llamado dos horas antes y me invitó a encontrarla allí. Tuve un ataque de miedo. Hacía ya unas semanas que nuestra relación iba mal, pero yo tenía esperanzas de que fuera solo una crisis y que todo terminaría bien.

Todo terminó en el parque.

Yo estaba en el bus pero no recordaba como había llegado allí. Los recuerdos de los últimos veinte minutos se mezclaban con los de los últimos veinte meses. Intenté esconder mis ojos rojos mirando hacia la ventana pero parecía que todos me observaban.

Ingresé a casa como un rayo. Subí a mi cuarto sin hablar con nadie y cerré la puerta. Tiré al piso los sostenes y cuadernos que estaban en la cama y enterré la cara en la almohada. La cascada de lágrimas vino acompañada de hipos interminables.

Llevé dos días fingiendo que no tenía ningún problema. Pero en el tercer día ya no pude hacerlo más: llamé a mi mejor amiga y la invité a venir a mi casa. Combatimos el problema de la forma más cliché posible: películas románticas, popcorn, chocolate y pañuelos. Entre lloros y risas, me sentí mucho mejor.

Mi mamá vino a mi cuarto apenas se había ido mi amiga. Intentó consolarme sin hablar del tema, no mencionó a Luana ninguna vez. No me trató como a un cachorrito desamparado sino con un aire severo, me dijo que tenía que estudiar más y que necesitaba levantarme temprano el siguiente día. Pero sus ojos la traicionaban: tenía ganas de abrazarme y decirme que todo estaría bien. Se fue advirtiéndome que tenía que arreglar el cuarto y dormir.

Tan pronto había ordenado la habitación encontré la cajita en el armario. La abrí con la mano temblando. Había veinte meses de buenos recuerdos allí. Derramé mi última lágrima a Luana y cerré la arca. Nunca más la abriría otra vez.

Entre vistas

I

Pasé casi tres horas en ese sofá. Había una tele prendida pero no lograba darle atención, yo estaba muy nervioso. Las personas entraban y salían por la puerta verde, unas volvían animadas pero otras tristes. Llevaban entre 25 y 30 minutos, nunca menos y nunca más. Eran las 12:50 y me entrevistarían al último.

El tipo que entrevistaba salió por la puerta con el celular en la mano.

— No me demoraré — contestó con aburrimiento. Estaré allí pronto —  concluyó mirándome.

Cuando regresó, me invitó a entrar. No presté atención a la sala, mi seguridad estaba muy abatida. Por cierto, el hombre ya había encontrado a otra persona para el empleo así que estaba seguro que nuestra entrevista no llevaría mucho. Intenté calmarme pero mis manos tiritaban cuando me senté.

Al comienzo, me preguntó unas cosas sencillas y sin mucha importancia. Sin embargo, su cara me pareció demasiado seria. Le respondí lo mejor que pude mientras mis piernas temblaban bajo la mesa. Luego me pidió el currículo.

— Lo siento por la tinta — me disculpé nervioso — es que la impresión salió borrosa al final.

— No hace falta — me respondió enfadado.

¿Se habrá referido a mi o al currículo? Llevó unos minutos mirándolo con un gesto severo, seguro no le había impresionado. Luego me miró y preguntó:

— Dígame, señor Valentín: ¿por qué quiere el empleo? — su tono era de desafío.

Intenté no tartamudear al contestarle, le dije que el empleo tenía que ver con mi perfil profesional, que era una gran empresa en la cual podría desarrollarme profesionalmente y otras cosas más pero al final creo que fui demasiado sincero…

— … y por el sueldo, que es muy bueno. Yo necesito el dinero —  concluí la respuesta.

— ¿No lo necesitamos todos? —  contestó con ironía.

Su celular sonó otra vez, él se disculpó y luego contestó la llamada. Me miraba mientras hablaba por teléfono.

— Ya estoy saliendo —  dijo con enfado — Espérame.

Apenas terminó la conversación, me dijo:

— Bueno, ya acabamos. Espere nuestra llamada, Valentín — concluyó sin convicción.

Seguro les había dicho lo mismo a los otros. Siempre lo dicen. Creo que fue la peor entrevista que he hecho. No sé porque me puse tan nervioso. Fue el tercer intento en ese mes. No sabía que más hacer. Quizás debería buscar un empleo más modesto.

II

Llevé toda la mañana haciendo entrevistas. No me gustaba nada eso. Se supone que el jefe del departamento debería ser el responsable por las nuevas contrataciones pero el amable señor había viajado y me encargó esa obligación. Yo estaba demasiado cansado, había mucho que hacer por la tarde y para empeorar las cosas tenía que buscar a mi hija en el colegio. Solo faltaba un candidato cuando ella me llamó:

— No me demoraré — le dije cansado. Estaré allí pronto — aunque sabía que llevaría más tiempo.

Le pedí al candidato que entrara a mi oficina y que tomara asiento. Intenté darle la misma atención que a los otros aunque estuviera muy apresurado. Hice primero las preguntas de rutina, le pregunté unos datos personales y entonces le pedí su currículo.

— Lo siento por la tinta —  comentó conmigo — es que la impresión salió borrosa al final.

— No hace falta —  le contesté sin darle atención.

¡Su currículo me impresionó! Tenía poca experiencia pero hizo cursos de especialización, posgrado y sabía inglés. Era exactamente el perfil que buscábamos. Seguro podría lograr un empleo en una empresa más grande que la nuestra. Lo miré con otra visión.

— Dígame, señor Valentín: ¿por qué quiere el empleo? —  le indagué con curiosidad.

Su respuesta fue seria y profesional. De pronto percibí que sabía expresarse. Pero lo que me convenció fue lo que dijo al fin…

— … y por el sueldo, que es muy bueno. Yo necesito el dinero — dijo con sinceridad.

— ¿No lo necesitamos todos? — bromeé para tranquilizarlo.

Mi celular sonó enseguida. Me disculpé con él y contesté la llamada.

— Ya estoy saliendo — le respondí a mi hija Espérame.

Desafortunadamente tuve que terminar la entrevista abruptamente.

— Bueno, ya acabamos. Espere nuestra llamada, Valentín — le dije para animarlo.

Aunque la mañana había sido muy cansada, salí de la oficina muy satisfecho. Después de tantas entrevistas encontré la persona adecuada para el empleo. Ojalá el jefe vuelva pronto para hacer efectiva la contratación.

La cita

Solía ir a ese lugar cuando era niño. El paisaje era increíble. Desde el mirador se podía apreciar la ciudad blanca, los cerros y las nubes. Abajo las personas parecían hormigas y los carros juguetes. Se sentía más cerca del cielo. Pero no estaba allí para apreciar el paisaje sino para lanzarse abajo.

Tenía todas las razones para hacerlo. Sus pocos amigos ya casi no le hablaban. Su familia no le hacía caso desde que había perdido un buen empleo el año pasado. El nuevo trabajo era aburrido, cansado y las personas no lo valoraban. Se sentía solo, desamparado y sin esperanzas. No había otra solución.

El teléfono sonó. ¿Por qué lo había traído? No conocía aquel número. ¿Qué diferencia haría si contestaba o no? Lo hizo.

De pronto reconoció la voz. Era esa chica con la cual había estudiado en el colegio muchos años atrás. La había encontrado por casualidad hacía un mes. Charlaron toda la tarde. Él le había dado su número pero ella no lo había llamado… hasta aquel momento.

¿Yo? Bien, bien. ¿Y tú? No, no, no estoy ocupado ahora. Puedes decirlo. Si, si, sé donde queda. ¿Cómo? ¿El Viernes? Ah… si, está bien. El Viernes está bien. Nos vemos entonces. ¡Chau!

Sus manos temblaban cuando la llamada terminó. Miró hacia abajo y el piso seguía invitándolo a saltar. Pero ya no podía hacerlo. El Viernes tenía una cita con esa simpática mujer. Su nombre era Esperanza.

– – –

Este texto también está disponible en portugués en otro blog.

Aquella noche

La oscuridad rodeaba la habitación. Los frascos de pintura caían uno a uno y se mezclaban con aquel líquido algo magenta, aún tibio, que se encontraba en el piso. Las sombras de los árboles creaban unas formas estupendas en su cuerpo, que brillaban con la luz de la luna, en eso el silencio fue interrumpido por unos suspiros agonizantes. Dada mi naturaleza no pude pedir ayuda y dejé que poco a poco su voz  se apagara.

Apenas empecé mi ronda de la noche por aquella casa que parecía abandonada, divisé algunas sombras. En el tiempo que llevo por aquí nunca vi algo parecido. Intenté acercarme sigilosamente, cuando derrepente escuché :

— Pero yo no lo hice, no lo hice — contestó con mucho temor — lo juro.

— Me pasé años buscándote. Arruinaste mi vida.

— No fui yo, ni sé quien eres, es la primera vez que te veo.

Al intentar husmear hice ruido, una de las personas se acercó a la ventana y movió una de las ramas del árbol, pero felizmente no logró verme. Desde mi posición solo lograba ver a dos individuos, uno parecía estar amarrado a una silla y el otro estaba de pie jugando con algo en la mano.

— Hoy morirás, así como ella murió hace exactamente 5 años.

— ¡No fui yo!  ¡Por favor,  no lo hagas! — suplicó—  Te lo imploro

Mientras seguían hablando, la persona que estaba sentada iba desatándose con mucho esfuerzo. Se oían sus voces muy alteradas.

— No entiendo como me descubriste, si cambié mi apariencia.

De repente, escuché un golpe sordo seguido de un portazo. Vi como una de las personas se desvanecía apoyada al armario de pinturas. Y con apenas un hilo de voz pronunció “ya voy”.

Terminar el problema

Ella estaba sentada intentando asimilar lo que acababa de hacer. Hace un par de horas aquellos llantos la afligían. Tenía que tomar alguna decisión lo más pronto posible, no podían seguir sufriendo los dos. Sus ahorros se estaban terminando. Hacia una semana que se quedó sin trabajo, no duraba ni 15 días en cada empleo, aquellos sollozos no le permitían realizar sus obligaciones.

Cada día que pasaba veía las cosas más difíciles. Su actual situación la preocupaba. Trataba de gastar lo necesario, temía quedarse sin ahorros. Sus padres dejaron de hablar con ella, ellos creían que ella había cometido uno de los peores errores de su vida. Intentaron por varios meses convencerla de que lo mejor sería terminar con el problema.

Amenazaron con echarla de su casa. Ella se arrepentía de haber abierto la boca e intentaba pensar que hubiera ocurrido si se quedaba callada. Paso varias semanas, buscando algún trabajo, en la mayoría le pedían ciertos estudios, que ella aún no había cursado. Los días pasaban y su vientre iba creciendo… los problemas con su familia se hacían más frecuentes.

Tomó todos sus ahorros y algunos objetos de valor que tenía para poder sobrevivir y mantener a aquella criatura que estaba por nacer. Sentía mucha alegría por ese nuevo ser pero a la vez la simple idea de saber que estaba sola afrontando eso la desesperaba. Llegó el día tan esperado tuvo en sus brazos a su hijo. Le embargaba una enorme emoción a tal grado que olvido todo tipo de preocupación.

A los 3 meses ella seguía luchando para sostener a su hijo. Sin embargo, las cosas empeoraban, no la recibían tan fácilmente en los trabajos pues tenía una criatura cuyos llantos hacían que le preste más atención y no cumpla sus obligaciones. Llegó fin de mes y ella no tenía empleo. Lo poco que tenía lo gasto en la leche para su bebé.

En una de las tantas noches, mientras él lloraba, ella pensó en terminar con el problema, no podían seguir sufriendo, pasando hambre. Así que salió con el bebé en brazos, corrió lo más lejos que pudo hasta que llegó a una linda casa azul. Tocó el timbre, unas monjitas salieron.

Ella dejó ahi la mitad de su vida y se encontraba ahí sentada intentando asimilar lo que acababa de hacer, las lágrimas resbalaban por su rostro, tenía una necesidad inmensa de tocar ese timbre y pedir devuelta al niño, pero antes de hacerlo empezó a correr hasta alejarse de aquel lugar después de haber terminado con el problema.

La anticipación

El cuervo se posó en la ventana y miró el interior con curiosidad. Era un cuarto muy lujoso: muebles de roble, trofeos de caza, una gran chimenea… Pero lo que le despertó el interés fue la comida servida en la cama. Le encantaba la carne muerta y allí había un banquete que le tomaría días para comérselo.

Esa misma ave estuvo en el puerto de la ciudad unas horas antes. Era un lugar ruidoso que olía a pez y sudor. Las mujeres miraban a sus hombres adentrarse en el mar, los niños corrían y jugaban mientras los marineros bebían y contaban historias. Muchos barcos iban y venían. Los que llegaban traían productos, noticias y personas.

Uno de los buques había cruzado el mar desde un país lejano. El viaje había llevado casi una semana. Tenía poca comida y muchos ratones en el barco, así que algunos de los pasajeros se enfermaron en el trayecto. Había unos comerciantes allí pero la mayoría eran personas pobres que querían intentar una vida diferente en otro lugar.

El más raro de los pasajeros era un tipo tranquilo que cargaba consigo una pequeña maleta. Les decía a quienes le preguntaban que eran unas medicinas las cuales iba a vender cuando llegara. En verdad, eran unas herramientas que usaría para cumplir una tarea muy importante, por la cual le pagarían muy bien.

Fue un señor de barba larga y con mucho dinero el que lo había contratado. Se encontraron en un bar concurrido de un barrio peligroso de la ciudad. El contratante no quiso identificarse y por eso tuvo que pagar más por el servicio. Le dio una parte del pago adelantado y la otra parte se la daría cuando terminara el trabajo.

Aquel señor barbudo era en verdad el consejero del rey. El día anterior, le había traído la noticia de que un duque de otro país planeaba invadir su reino. Preocupado con la gran fuerza militar de su enemigo, el monarca decidió actuar rápidamente. Así que le ordenó al consejero que buscara a un habilidoso asesino que pudiera viajar disfrazado hasta el país rival, invadir el castillo del duque y matarlo. De ese modo la guerra terminaría antes de que empezara.

¡Hola mundo!

Hola a todos.

Este espacio virtual es dedicado a la divulgación de microcuentos escritos por los autores del blog.

Actualmente participamos del Taller de Creación de Microcuentos de una universidad en la ciudad blanca de Arequipa, así que nos pareció una buena idea presentarles a todos los textos producidos. Sin embargo, queremos seguir escribiendo después que las clases se hayan terminado.

Espero que les guste nuestro espacio. Críticas y comentarios son bienvenidos.

Hasta la vista.

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